Más que puro, transparente
La palabra “pureza” es un término muy técnico en el mundo de los que trabajan con diamantes. Sirve para indicar hasta qué punto una determinada gema está libre de inclusiones naturales o impurezas.
Dichas impurezas están en casi todos los diamantes. Se trata de restos pequeñísimos de carbón sin cristalizar o de cristales. Normalmente no se pueden ver sin la ayuda de una lente de gran aumento. Así pues, la pureza depende de que tenga las mínimas, o ninguna, de esas inclusiones.
De darse el caso, el diamante debería ser incoloro, pero es muy raro encontrar uno que lo sea del todo. Es habitual que tengan algo de color. Por eso, desde tiempos antiguos, la coloración de los diamantes ayudaba a darles una categoría mayor o menor. Paradójicamente, eso hacía que ya no importara tanto la pureza.
Hoy día, la disponibilidad de los medios para medirla hace que vuelva a ser un factor más relevante que la coloración.
Todos saben que el término “pureza” también tiene gran presencia en la enseñanza cristiana. Desgraciadamente, muchos lo han simplificado en nombre de la religión y lo han aplicado de manera casi exclusiva a ciertas conductas o prácticas sexuales.
Pero no se puede limitar y tergiversar así el sentido cristiano de la palabra. Más bien deberíamos relacionarlo con el término “transparencia” y con la acepción técnica de los expertos en diamantes: la ausencia de elementos extraños.
La pureza en el Antiguo Testamento era para los hebreos ceñirse a los preceptos de Dios. La pureza para el cristiano es andar en la luz, sin nada que ocultar, transparentes ante Dios, viviendo conforme a su carácter.
Foto de cabecera de Daniele Levis Pelusi en Unsplash








