Barreras y tabúes que te impiden saciarte
En el capítulo cuatro del Evangelio de Juan, Jesús se encuentra con una mujer que va a buscar agua. Él mismo estaba junto al pozo de Sicar porque tenía sed.
Sicar era un pueblo de la región de Samaria, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el llamado pozo de Jacob. Todos los habitantes del pueblo se sentían orgullosos de aquel famoso pozo, cavado por el ancestral patriarca Jacob. Si hubiera sucedido hoy, seguro que habría un chiringuito con recuerdos a la venta justo al lado del pozo.
Sus discípulos habían ido al pueblo a por comida, de modo que, en aquel momento, Jesús se encontraba solo. Así que le pidió agua. Algo bastante lógico hasta aquí. Pero en realidad con esa sencilla expresión estaba rompiendo barreras y tabúes de siglos.

Barreras, porque judíos y samaritanos eran tácitamente enemigos, por razones históricas y religiosas (sabemos mucho de eso hoy ¿verdad?).
Pero también tabúes, porque hablarle a una mujer, así sin más, era algo que podía parecer escandaloso.
Parece que ella es más consciente de la situación y le dice a Jesús que no es normal que le pida agua a ella, dado que existen las barreras ya mencionadas. Pero él le contesta que, al pedirle agua, realmente le está ofreciendo algo mucho mejor: agua viva que sólo él puede dar.
La mujer se escuda ahora detrás de excusas prácticas, le responde en términos de aguas y pozos materiales y, de paso, le recuerda el orgullo de “su” pozo, que es de su patriarca Jacob. Jesús le contesta llevando la conversación hacia el terreno espiritual: agua que calma la sed para siempre, que brota para vida eterna.
Al fin ella descubre que hay otro pozo, aparte de ese del que siempre presumen en su pueblo. Le pide de esa agua, sin acabar de entender la diferencia entre la sed material y la espiritual. Pero Jesús acaba enfrentándola a su verdadera necesidad interior cuando le señala su pecado: vas de mano en mano, como “la farsa monea”, que decía la copla.
Vaya, ha despertado en ella la sed espiritual, pero a la vez le hace ver el obstáculo que le impide saciar esa sed. Entonces ella, viendo el cariz que toma la conversación, cree conveniente ponerse a hablar de religión, de los lugares sagrados, de las diferencias entre judíos y samaritanos, etc.

La respuesta de Jesús es sencilla: ya no se trata de religión, Dios quiere que le adoremos conforme a su espíritu y en autenticidad. Ella replica que ya se disiparán las dudas cuando venga el Mesías. Y da en el blanco, porque la respuesta de Jesús es: Yo soy el Mesías.
Al final, resulta que judíos y samaritanos no estaban tan lejos, ambos esperaban al Ungido, el Mesías o Cristo. Pero uno se puede pasar la vida esperando su manifestación sin darse cuenta de que ya está aquí, a nuestro lado, que se ha tomado la molestia de venir a nuestro encuentro antes de que ni siquiera fuéramos conscientes de su persona.
No le ha importado nuestra condición social o nuestra mala reputación moral, ha estado dispuesto a hacerse un hombre que siente sed con tal de encontrarnos junto al pozo y mostrarnos la verdadera fuente de agua viva.
Lo siguiente que hizo la mujer fue ir y contárselo a todos. Por eso tienes ahora mismo este artículo en tu pantalla. ¿No te da sed?
Más abajo tienes varias formas de contacto si tienes sed…
[Foto de cabecera: Imagen de Engin Akyurt en Pixabay]








