Cosas que guardamos
Todos cargamos con algo que nadie ve. Algo que damos la vuelta antes de que alguien lo mire. Algo que decimos que está bien… cuando no lo está.
No hace falta ir muy lejos para reconocerlo. Es esa conversación que cortamos cuando alguien se acerca. El mensaje que escribimos y borramos. La cara que ponemos en público que no es exactamente la que sentimos por dentro.
Lo ocultamos porque creemos que protegernos así tiene sentido. Y a veces lo tiene. Pero hay algo que Jesús dijo hace dos mil años y que sigue dando en el blanco hoy:
«No hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz.»
— Marcos 4:22
Una frase así puede sonar a amenaza. Como si alguien te dijera que tarde o temprano te van a pillar. Pero leída en contexto — y vivida — funciona al revés.
Hay un agotamiento muy específico en sostener una imagen. En ser lo que se espera de ti, en cada conversación, en cada red social, en cada reunión familiar. Mantener esa versión cansa. Y lo más curioso es que, cuanto más la mantenemos, menos nos conoce nadie de verdad.
LA FATIGA DE MANTENER LA VERSIÓN
La promesa de Jesús no es una amenaza de exposición. Es una invitación a no seguir gastando energía en esconder lo que, de una manera u otra, ya va a salir. La luz se cuela. Siempre encuentra la grieta.
¿Y SI…?
Imagínate vivir sin tener que sostener nada. Que la gente que te rodea te conozca como realmente eres, no como la versión que has pulido. Que puedas decir «no estoy bien» sin que sea un problema. Que lo oculto pierda su peso porque ya no tienes que cargarlo solo.
Eso es lo que la comunidad cristiana, en su mejor versión, debería ofrecer: un espacio donde no hace falta esconder nada. Donde la luz no asusta, sino que libera.
En LIS (La Iglesia Sencilla) hablamos de estas cosas. De lo que cuesta ver y de lo que libera verlo. Sin poses, sin respuestas hechas. Si tienes curiosidad, ven a mirar. Los domingos a las 11.









