Hay que tener cara…
Era un día de mayo de hace dos años. Isabelle Dinoire había tomado pastillas “para olvidar” y se había desmayado. Fue entonces cuando su perro la atacó. Al despertar intentó sostener un cigarrillo entre los labios, pero no podía. No entendía qué había pasado, hasta que vio el charco de sangre y su perro al lado. Al mirarse al espejo se dio cuenta del alcance del daño: le había arrancado gran parte de su rostro.
El 27 de noviembre le fue injertada la parte inferior de un nuevo rostro, un triángulo compuesto por la nariz, la boca y el mentón, gracias a una donante que se hallaba en muerte cerebral. El cirujano Bernard Devauchelle defendió la operación ante los críticos. Mostró una foto de la paciente antes de la intervención, en la que se la ve sin labios ni nariz, con los dientes al aire. En febrero de 2006 apareció por primera vez en televisión. Con el atisbo de una sonrisa, se presentó ante la opinión pública en una conferencia de prensa. “Mi operación puede ayudar a otras personas a volver a vivir”, afirmó.
Muchos se gastan fortunas en rejuvenecer o embellecer su rostro. Isabelle estaba tan agradecida simplemente por “tener“ una cara. ¿Tú la tienes?
Esta cuestión se la planteó también un importante escritor británico del siglo XX. Se trata de C.S. Lewis, ahora conocido por sus Crónicas de Narnia. Nos cuenta que la novela que más tiempo pasó en su cabeza antes de llegar al papel es Mientras no tengamos rostro. Se trata de una reinterpretación del mito de Cupido y Psique, a partir de la lectura de El asno de oro de Apuleyo. Escribió Lewis una alegoría de la búsqueda del hombre hasta la consecución de su propio rostro. En un momento de la novela, leemos:
“Comprendí muy bien por qué los dioses no nos hablan abiertamente ni nos dejan responder. Mientras esas palabras no puedan sernos arrancadas, ¿por qué iban a prestar oídos a la cháchara que creemos querer decir? ¿Cómo van a mostrarse ante nosotros cara a cara mientras no tengamos rostro?”.

El hombre que por sí mismo trata de acercarse a Dios, partiendo de su propia naturaleza, con las ambiciones, los prejuicios y el egocentrismo propios del ser humano, debería poder darse cuenta de que todo lo que trae ante Dios no es más que palabrería. Hemos de tener un encuentro con Dios para proveernos de un rostro, y así también logramos que nuestra palabra ante Él tenga sentido.
Saliendo ya de esa novela, la Biblia habla en repetidas ocasiones de la importancia de recibir algo del rostro de Dios. Una de las más usadas fórmulas de bendición del Antiguo Testamento decía “El Señor haga resplandecer sobre ti su rostro“. Cuando Moisés regresaba del monte santo, de estar ante Dios y recibir su ley, se nos cuenta que debía cubrir su rostro a causa del resplandor. Cuando Esteban, el primer mártir, recibió el inmenso regalo de contemplar los cielos abiertos, en la agonía de su lapidación, leemos que los propios verdugos veían su rostro “como el de un ángel“. En 2 Corintios 3:16 se nos dice que, en el Nuevo Pacto tras la muerte de Cristo, podemos quitarnos el velo y mirar hacia la gloria de Dios, y que esa actitud produce en nosotros una transformación espiritual que se explica como la formación de la imagen de Cristo en nosotros. En realidad, ese es el rostro que nos hace completos, llenos, felices: el rostro de Cristo. La maravilla es que la bondad de Dios, lejos de alejarnos para siempre por nuestros antiguos pecados, nos permite acercarnos cada vez más a Él, contemplarle para ver, reflejar y llegar a tener el rostro del hombre por excelencia, ese que la Biblia llama el “Hijo del Hombre“, Jesucristo. Gracias a Dios por el rostro que ha provisto para ti y para mí.
Si quieres leer, ver, escuchar o saber más sobre esto, escribe a juancarlos@setelee.com o deja un whatsapp en el (+34) 607810500.









Eilyn
Excelente! Muchas gracias por este artículo