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Pasta de higos

Hace noventa años, unos arqueólogos encontraron en Ras Shamra, Siria, unas tablillas ugaríticas que apoyan un texto de la Biblia sobre la enfermedad del rey Ezequías (Isaías 38.20, 2 Reyes 20.7).

En ellas se registra el uso común en aquellos tiempos de las cataplasmas de higos sobre las heridas. Dicen que solían usarse para sanar llagas y otras afecciones cutáneas.

Hoy día, en algunas herboristerías, lo recomiendan incluso para tratar las verrugas y los callos. Dicen que además es bueno para el exceso de mucosidad en el pecho, para el estreñimiento, para el reúma, para los ardores de estómago…

Desde aquí no podemos garantizar su eficacia, pero está claro que tradicionalmente el higo ha servido para múltiples usos medicinales.

Cuando el rey Ezequías cayó enfermo de muerte, Dios envió a Isaías a decirle que se preparase para su despedida de este mundo. El rey no encajó nada bien la noticia y clamó a Dios pidiendo más años de vida. Y su oración fue atendida.

El profeta le dio la noticia y, cuando el rey pidió una señal de que se produciría el milagro, le dijo que se fijara en cómo la sombra del sol retrocedería quince grados (o gradas, es decir, peldaños).

Lo extraño es que, a pesar de anunciar un milagro, le prepara un remedio a base de higos (la fe en los milagros jamás debe despreciar a la medicina).

Vivió quince años más, tuvo su segunda oportunidad. ¿La aprovechó bien? Fue lo peor.

Aunque te empaches de higos, tu tiempo está en las manos de Dios. Aprovecha tu oportunidad. Dale sentido a estos días, meses y años decidiendo seguir a Jesús.

Si hoy escucháis lo que Dios dice, no endurezcáis vuestro corazón.

Hebreos 4.7

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Foto de cabecera de Mariya Muschard en Pixabay

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