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¿Mentiras necesarias? ¿Mentiras nobles?

En todos los idiomas hay una expresión para lo que en español llamamos “mentiras piadosas”. En otros idiomas son “mentiras blancas”, “mentiras inofensivas”, “mentiras necesarias”…
El propio Platón habló de las “mentiras nobles” como algo a lo que tenían que recurrir los gobernantes para preservar el orden en la República.
Por supuesto, las historias que encontramos en la Biblia no son ajenas a este dilema moral. El mismísimo patriarca Abraham miente, o al menos dice una media verdad engañosa, sobre su mujer Sara en dos ocasiones, porque era muy hermosa y, al pasar por ciertos lugares en los que sabía que los reyes locales podrían matarle para quitarle una esposa tan bella, le pide que se presente solo como hermana.

En ambas ocasiones, Dios le enseña una lección a Abraham, pues le hace ver que esos reyes cuya crueldad él temía acabaron mostrando una moral más elevada que la del patriarca. También aprende que, si hubiera confiado en Dios desde el principio, se habría ahorrado el bochorno de la mentira y el peso del miedo.
Pero todos tenemos esa tendencia a “clasificar” los pecados en función de su gravedad.

Cierto que algunas acciones tienen consecuencias mucho más graves que otras, pero la verdadera clave para tratar el mal en nuestra vida no es tanto el lugar que ocupa en nuestras clasificaciones, sino que se trata de la raíz misma de nuestra naturaleza como personas, que hace imposible que Dios nos reciba junto a él.

Por eso vino Jesús, para limpiarnos de nuestra naturaleza original y poner en nosotros su vida, que vence sobre toda presión y nos da acceso a la presencia del Padre.

… todo el que es hijo de Dios vence al mundo. Y nuestra fe nos ha dado la victoria sobre el mundo.

1 Juan 5.4

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