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Diamantes de algarrobos

El peso de un diamante se expresa en quilates. La palabra viene de “carat”, término inglés y francés que a su vez procede del griego “keration”, de donde viene también nuestro “algarrobo”.

Efectivamente, hay un árbol oriental (al carob) de la familia del algarrobo que produce unas semillas muy iguales entre sí, casi siempre con la misma forma y peso, que se usaban en la antigüedad en Oriente Próximo para pesar perlas finas. Con cuatro de esas semillas se pesaba un quilate, aproximadamente la quinta parte de un gramo.

Como es lógico, hoy día, para pesar los diamantes se usan unas balanzas de gran precisión. Cuanto mayor y más pesado sea el diamante, tanto mayor será su precio. Pero no siempre es así, porque intervienen también cualidades como su pureza, su color o el resultado de una buena talla.

En la sociedad preocupada por producir más y más, parece que lo que importa siempre es más peso, más tamaño, más cantidad, y se pierde el valor de muchas cosas pequeñas, que ya casi ni sabemos pesar, porque nuestros instrumentos de evaluación no están preparados para ello.

Hay cosas muy pequeñas que son muy importantes. Hay que saber y poder medirlas. A veces pueden ser las palabras: una palabra preciosa, de gran valor, que se pronuncia en un segundo, debería ser pesada y tasada, para recibir el precio que se merece en función del bien que hace.

Una palabra perniciosa, igualmente leve y fácil de escaparse de los labios, también parece pequeña e insignificante, pero nos ahorraríamos muchísimos disgustos si la midiéramos a tiempo y la clasificáramos debidamente.

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