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Cuando el diablo se frota las manos

Ya pasó durante las elecciones en Brasil, y se insiste tras la penosa situación que se vivió en su capital el domingo pasado. Los medios de comunicación subrayan el apoyo de los “evangélicos” a Bolsonaro, como a Trump y a todos los nuevos populismos de un extremo de la política, que ahora parecen haberse aprendido juntos un diabólico manual antidemocrático: conspiraciones, dar por sentada la invalidez de los resultados electorales que no me gustan, considerarme legitimado para hacer cualquier barbaridad para revertir la voluntad de mis conciudadanos, etc. ¿Tiene eso algo que ver con los evangélicos? Parece ser que con algunos, muchos en las Américas, sí. ¿Tiene eso algo que ver con el evangelio? ¿Puede apoyarse siquiera remotamente en las enseñanzas de Jesús? No, claro que no. Bueno, a lo mejor algunos teleevangelistos habrán usado el episodio en que Jesús volcó las mesas de los cambistas en el templo. Si lo han hecho, mayor delito tienen, pues ese pasaje, si sucediera en la actualidad, nos mostraría al Señor causando estragos, no en las instituciones políticas, sino precisamente en los templos y chiringuitos de esos señores.

El diablo se frota las manos con este espectáculo. Los que deberían estar anunciando el evangelio y viviendo sus principios, están cubriendo de la más apestosa mierda con todas las letras, un mensaje para el que ya no son dignos. ¿Quién los va a escuchar ahora cuando prediquen a Cristo? Solo los espuriamente interesados y los que ya tienen la venda bien colocada. Venda que, por cierto, les impide ahondar en las profundidades del Reino de Dios, tan preciosas, tan necesarias para este mundo cada vez más sordo por culpa precisamente de esta perversión del cristianismo.

Como el primogénito de Isaac, han vendido su primogenitura por un plato de lentejas: prebendas políticas y mediáticas, unas cuantas leyes que dicen imponer la moral judeocristiana a los no creyentes, jugar a identificarse con el ultrasionismo de algunas corrientes escatológicas, y poco más. Pero para ello comulgan con piedras de molino totalmente anticristianas: la constante siembra del odio, por mencionar solo una. ¿Y aún se atreven a llamarse evangélicos? A menudo me siento tentado a dejar de identificarme con esa palabra, y prefiero decir simplemente que soy cristiano, y si me confunden con católico, aclaro que soy protestante. Pero yo llegué a conocer a Cristo gracias a un misionero evangélico; crecí en sus caminos en una iglesia evangélica; he vivido cosas extraordinarias en la comunión de las iglesias evangélicas españolas; me alimento y no puedo dejar de buscar mi aire en una iglesia evangélica; estoy comprometido con establecer una nueva congregación que se llamará seguramente evangélica… ¿Por qué tenemos que avergonzarnos nosotros de ese adjetivo? Que se lo quiten los que lo han pervertido, ¿no? No lo harán, han conquistado lugares de poder, para lo cual necesariamente se han alejado y se seguirán alejando del evangelio de Cristo. Y cuando uno se engancha ahí hace lo que sea para no soltarse. Si la palabra “evangélico” les ha servido, no renunciarán a ella, para desolación de los que de verdad queremos seguir el evangelio.

Me parece que estoy en minoría (¡desmentidme, por favor!). Con este cuadro, con Bolsonaro, Trump y compañía convertidos en ídolos del evangelicalismo mediático, el diablo se frota las manos, insisto, pero los creyentes ya hemos leído Apocalipsis. Toca resistir, toca pagar el precio de la fidelidad. Yo estoy dispuesto, y creo que no estoy solo. ¿Verdad?

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